martes, 8 de diciembre de 2009

No está hecha la miel para la boca del asno


Hace mucho tiempo existía una caja brillante y reluciente, no más grande que una mano, cuyo paradero era desconocido para todos.

Un día, un encapuchado de aspecto enigmático se dirigió hacia una aldea del desierto y allí dejó la caja en el suelo ante sus habitantes. Sin mediar palabra, se dio media vuelta y siguió su camino hasta que la tribu lo perdió de vista. Todos sus miembros intentaron abrirla pero ninguno pudo. Esto provocó una guerra entre ellos que duró tres meses. Finalmente, los supervivientes, viendo lo que aquella caja había hecho a su aldea, se deshicieron de ella. Se dice que después la caja tuvo varios dueños pero, otra vez, nadie pudo abrirla. Pasaron los años, esta historia se convirtió en leyenda y la caja perdió todo su valor.

Un joven llamado Sheik, culto y algo distante, descendiente de aquella tribu, sentía cierto interés por la caja. Pero, aunque habían pasado generaciones, los demás miembros de la tribu no estaban muy contentos de lo que significaba que uno de sus miembros volviera a ansiar la caja que les había causado tanto dolor.

Sheik, marginado por la tribu, una noche decidió ir al desierto. La historia se repitió: el encapuchado se acercó a Sheik. En sus manos portaba una caja, La Gran Caja, y la dejó a los pies del joven. Sheik se quedó sin palabras e inmóvil. Él no era nadie especial para recibir esa caja. El encapuchado rió amargamente como si comprendiera lo que Sheik pensaba e, incorporándose, empezó a narrar:

–Mi familia lleva años cuidando de esta caja. Un día decidieron regalársela a una tribu, pero no la apreciaron como debían. “Los necios sólo piensan en lo que hay en su interior, pero los verdaderos sabios apreciarán la caja en sí”, solía decir mi bisabuelo– dijo el encapuchado mientras se alejaba.

Sheik cogió la caja y recordó las palabras del misterioso desaparecido. Pensando que sus compañeros de la tribu eran lo suficientemente necios como para no saber apreciarla, la historia de la valiosa caja que nunca fue valorada excepto por los sabios permaneció en secreto para siempre, excepto para Sheik.

Ángeles Jordán Soriano, 1º E.S.O. A

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