domingo, 3 de febrero de 2013

El valor del tiempo




Nos encontramos en el año 3013. El consumo desmesurado y el agotamiento de las fuentes de petróleo, han hecho que se agoten totalmente. Ahora todo funciona con energía eléctrica, pero claro, la obtenemos de centrales nucleares. El uranio y el plutonio se están agotando, por lo que científicos e ingenieros de la central inter-espacial han diseñado una nave capaz de alcanzar la velocidad de la luz. Se cree que en la estrella más cercana a nuestro planeta, a parte del Sol, Alfa Centauro, hay unas reservas de uranio diez mil veces superiores a las de la Tierra.
Me llamo Peter Studer, doctorado en física cuántica en la universidad de Oxford y soy el encargado de tripular la nave. Somos seis en la tripulación, cada uno de nosotros lleva un traje totalmente ignífugo capaz de soportar temperaturas superiores a trescientos mil grados. El viaje durará ocho años a la velocidad de la luz, y mi familia se quedará en Tierra.
Hoy es dos de agosto, es el día de partir. Me despido de mis hijos y de mi mujer, y les aseguro que nos volveremos a ver muy pronto. No tengo tiempo para más. La nave, Sky Dron, ha puesto los reactores atómicos en funcionamiento, y en cuestión de segundos la Tierra ha desaparecido de nuestra vista.
Tres largos años pasaron y la estrella se veía cada vez más próxima. Nos disponíamos a aterrizar, cuando unos seres, diría que de más de dos metros de alto, nos miraron fijamente. Salí de la cabina seguido de mis compañeros.
Aquellos seres soportaban la temperatura sin ningún tipo de artefacto. Me acerqué a uno de ellos y lo saludé, creía que no diría nada, pero como si de magia se tratase, me dio los buenos días. No puedo llamar sorprendido a mi estado en ese momento, ¡hablaba mi idioma! Con algo de esperanzas le pregunté dónde podíamos encontrar uranio. Entonces todos aquellos bichos empezaron a reírse de mis palabras. Cuando me di cuenta de que lo que pisaba, todo lo que tenía a mi alrededor, era uranio, no dije nada más.
Me dispuse a poner en funcionamiento la excavadora de la que disponíamos y comencé a cargar el depósito. En cuestión de un año, miles de toneladas llenaron el cajón y pensé en volver a la Tierra, pero cuando todo estaba preparado y a punto, nos detuvieron, ¿qué podía pasar en aquel momento?
Bajé y me dijo que no podíamos marchar sin nada a cambio. Era cierto, les habíamos robado. Pero no tenía más tiempo que perder. Le grité a Roger que se pusiera al mando y despegara. Salté y me enganché a la puerta, pero me rajaron el traje con una especie de cuchillo. Noté cómo me empezaba a marear y me desmayé. Mis compañeros me metieron rápidamente en la nave. Faltó poco para que todo saliera mal.
A las horas me desperté, íbamos ya de vuelta. Los días pasaban y sin ninguna novedad llegamos a Tierra en poco más de ocho años. Aterrizamos donde estaba previsto, pero cuando llegaron para ver cómo había salido todo, no conocía a casi nadie.
Me fui sin hablar a mi casa, pero allí solo estaban mis hijos, deteriorados por la edad, mayores que yo. No los reconocí, tenían catorce y dieciséis años la última vez que los vi. Me abrazaron fuertemente los dos y rompieron a llorar, pero yo no pensaba en eso. Asustado, pregunté que dónde estaba su madre. Mi hijo mayor miró al suelo, y empecé a comprenderlo todo.
Jesús García Terol, 2º E.S.O. A

Hecho con tus sueños




Siempre he creído que la magia existe, pero parece ser que las demás personas no piensan lo mismo.
Una noche leí que si sobre el alféizar de tu ventana decías “Cometa” ciento veintitrés veces, una extraordinaria nube blanca aparecería para llevarte a un lugar labrado con tus sueños. Sin más dilación, me apoyé en mi ventana y pronuncié las palabras ciento veintitrés veces, como rezaba la frase. No ocurrió nada hasta que, de una explosión, una fantástica nube apareció. Vacilé un momento, y subí corriendo.
Empecé a pasar frío, iba cada vez más deprisa, cuando de pronto paró en seco, y salí despedido por los aires hasta que choqué con algo parecido a una puerta gigantesca. Intenté abrirla, pero estaba cerrada. Toqué a la puerta y, acto seguido, se abrió completamente, descubriendo unos inmensos prados verdes que se perdían en el horizonte.
Fui a pasar por el portal, cuando se cerró delante de mis narices. ¿Qué podía pasar? Una terrible ráfaga de aire me lanzó hacia la nada. Estaba cayendo hacia el vacío y nada me pararía. ¿O quizá sí?
Pensé apresuradamente en una solución y di con ella. Llevaba en el bolsillo, una cajita que no sabía de dónde había salido, la abrí, y vi cómo toda la historia volvió en el tiempo y, sin darme cuenta, eran las cinco de la mañana y estaba en mi cama tapado.
Jesús García Terol, 2º E.S.O. A

Viaje al centro del cuerpo humano




Juan era un niño que todavía iba al colegio, que tenía una característica que lo hacía realmente especial: cuando veía un plato de lentejas no podía resistir la tentación de comérselas, sobre todo si las había cocinado su abuela.
Aquel día, Juan llegó del colegio con un apetito tremendo y su sorpresa fue que tras abrir la puerta de la casa, pudo percibir el agradable olor de las lentejas de la abuela; y casi sin dejar ni la mochila, Juan se abalanzó sobre la olla y… ¡Sorpresa! De pronto se encontraba dentro de la olla, nadando en el interior de ésta y rodeado de lentejas, patatas, chorizo, carne, tomate… Y más cosas.
De repente, estaba en un cucharón, y de ahí pasó a un plato y del plato a una cuchara, y de la cuchara fue a parar a la boca de su abuela, que lo engulló junto con las lentejas. Ahí comenzó el viaje más extraño que Juan pudiera recordar, un paseo por el interior del cuerpo de la abuela.
Juan se lo tomó como una agradable visita turística. Después de visitar la boca, se deslizó a la velocidad de la luz por el esófago, hasta llegar al estómago, donde estuvo en contacto de nuevo con sus lentejas favoritas.
A lo lejos pudo otear un glóbulo rojo, el cual lo acompañó durante su expedición por el sistema circulatorio para, así, evitar acabar en… Un baño con el agua de la cisterna.
Gracias a su nuevo amigo pudo salir con vida del viaje al centro del cuerpo humano, ya que éste lo condujo hasta el corazón. Allí tuvo una gran experiencia, pues iba de un lugar a otro, hasta que, por fin, encontró el camino que le condujo a los pulmones y de éstos, junto con un poco de suerte y gracias a un fuerte estornudo de la abuela, logró salir disparado como una bala al exterior.
Y ahí fue cuando realmente se sorprendió, al descubrir que todo había sido un sueño. Pero lo mejor es que sus ganas por las lentejas de la abuela no habían desaparecido sino que se había levantado con un apetito tremendo y se moría por un sabroso plato de comida.
Jesús Mª Guzmán Díaz, 2º E.S.O. A

miércoles, 30 de enero de 2013

El español en el mundo




Como español que soy, me halaga y alegra que mi lengua nativa, el español, esté creciendo a nivel mundial. Cada vez hay más personas que se decantan o eligen aprender y hablar en español, y eso en mí causa admiración.
Nuestro idioma crece, y quiero pensar que también mejora en cuanto a calidad expresiva, tanto oral, como escrita. Creo que esto puede influir de manera muy significativa en nuestro país, dadas las circunstancias en las que nos encontramos, y en nuestra cultura. Influir positivamente, claro está. Al fin se está descubriendo el interés y el atractivo que despierta el español en el extranjero, particularmente entre los jóvenes. Esto nos enorgullece a la vez que nos responsabiliza de su cuidado, del uso que hagamos de él y de la preocupación por conocerlo y transmitirlo a las generaciones futuras, al menos, como nos ha llegado a nosotros.
Finalmente, espero que las estadísticas y precisiones que se hacen cara al futuro sean ciertas y el español llegue a estar en los peldaños más altos. Sin olvidar la amenaza y peligro que acecha con el uso que de él se está haciendo, particularmente , desde los móviles, ordenadores...
Manuel Ferre Viciana, 1º Bachillerato (Naturales)

Nuestra lengua en el mundo




Nuestro idioma, el castellano, es de los más complejos y útiles que existen, a mi parecer, y no lo digo porque yo sea un hablante de esta lengua, sino por otras razones.
¿Qué lenguas son más habladas o conocidas que el español, o cuáles tienen tantos estudiantes como nuestro idioma?
Tenemos que estar muy orgullosos de todo lo que nos pertenece, y por lo tanto de nuestro idioma. El hecho de haberse dado a conocer las últimas declaraciones del Instituto Cervantes, desde las que se informa del creciente valor del castellano y de su apreciable expansión en el ámbito internacional, esto debe motivarnos para conservar o intentar mejorar nuestra lengua y poder transmitirla a las generaciones venideras.
Nuestro idioma, si se expande a este ritmo tan acelerado, es principalmente gracias a los hablantes de América del Sur, y a que grandes potencias como Brasil y Estados Unidos, países además con una grandísima población, se vayan sumando a aprender castellano.
Me parece muy positivo también que China, el país más poblado del mundo en la actualidad, se interese mucho por nuestra lengua y que sus habitantes quieran aprender no sólo el castellano, sino nuestra cultura en general.
En estas declaraciones también se informa del crecimiento del castellano en ámbitos tan importantes como el económico o en la web. Espero que este crecimiento algún día también se vea reflejado en la economía de nuestro país que, en estos momentos, no es motivo, precisamente, ni de admiración ni envidia en el contexto internacional, sino todo lo contrario.
Ignacio Díaz Bonilla, 1º Bachillerato (Naturales)